El Gran Hermano te vigila

La sociedad multiconectada en que vivimos ha cambiado nuestra relación con el mundo. La popularización de Internet, ocurrida al filo del cambio de milenio, fue el inicio de una escalada tecnológica de la que no se divisa el final. Los niños ya no ven la tele sino YouTube. La prensa de papel languidece ante la versatilidad de los diarios digitales. USB es la conexión dominante y muchos no conciben su vida lejos de una red Wi Fi. El smartphone se ha convertido en nuestro soma, a través del cual consultamos y actualizamos compulsivamente las redes sociales, chequeamos el correo electrónico y utilizamos la sala de chat más exitosa creada jamás: el whatsapp. Las posibilidades son ilimitadas. Internet también ha conseguido, por primera vez en la historia, monitorizar las interacciones de cada uno de nosotros de manera permanente.

Bernardo Carrión


Google sabe qué páginas porno visitas, dónde has estado cada uno de tus días con sus noches y qué has comprado por Internet. Nadie mejor que Facebook sabe lo que te gusta. Regalamos todos nuestros datos a las empresas de la red a cambio de poder entrar en el escaparate digital para observar y ser observados. Ideal tanto para exhibicionistas como para voyeurs. Y para gobiernos y corporaciones ávidas de información. Es decir, de poder. ¿Quieres comprobarlo? Pincha aquí para que Google te diga dónde has estado cada día en los últimos años.


La navaja suiza del siglo XVI

Los teléfonos inteligentes son la sublimación de la revolución tecnológica. La navaja suiza del siglo XXI tiene pantalla táctil, permite conectarse a Internet con todo lo que ello representa, es capaz de hacer fotos de una increíble calidad, de mandar información a cualquier lugar de la red, de comunicarse con otros por infinidad de canales, redes sociales incluidas, de reproducir video y música, de ejecutar multitud de aplicaciones, de guiarnos mediante órdenes de voz en cualquier carretera del mundo o de ofrecer nuestra ubicación con una altísima precisión. Ah, y permite enviar y recibir llamadas de voz.

Los smartphones han modificado la manera de relacionarnos, incluso cuando estamos en presencia de otras personas.

Con semejante dispositivo al alcance de todos los bolsillos, pocos humanos son capaces de resistirse a tener uno. Cualquier novelista de ficción del siglo XX hubiera dado una mano por imaginar una herramienta similar: un prodigio de la técnica, pero también una excelente arma de alienación social gracias a la infinidad de contenidos y utilidades que ofrece. Ingentes cantidades de información llegan hasta nosotros a través de este espía infiltrado en nuestras vidas, que nos ofrece un gazpacho de inputs que consumimos con avidez. Saltamos del correo electrónico al grupo de whatsapp y a la red social, donde podemos ver un vídeo de gatitos, leer la diatriba de un amigo, ver una decapitación del IS o conocer el último caso de corrupción. La falta de jerarquización de los contenidos los nivela y los convierte en artículos de consumo rápido. La última actualización espera, y la que acabamos de consumir se convierte en algo obsoleto en muy poco tiempo.

Cuartel general de Facebook en Menlo Park (California). Fuente: Wikimdia Commons.

En esta espiral de inmediatez triunfa la imagen. Fotos y videos desfilan ante nuestros ojos de la mañana a la noche: en el ordenador de casa, en el del trabajo, en la tableta, en el smartphone. Las pantallas han conquistado nuestra atención y todos participamos en la construcción de la supuesta realidad, en la que un palo de selfie cierra el círculo: el narrador quiere ser protagonista, se impone el culto al yo. Cada impacto se relativiza hasta convertirse en una pieza más del puzle que cada día consumimos de manera compulsiva.

Las pantallas han conquistado nuestra atención y todos participamos en la construcción de la supuesta realidad, en la que un palo de selfie cierra el círculo.


Google y Facebook, la sublimación del espionaje

Pero la cara posterior del puzle no tiene luces ni colores, sino objetivos empresariales. Las grandes compañías de Internet manejan fabulosas cantidades de información, que cada uno de nosotros les regala con cada clic de ratón y con cada caricia al smartphone. La sociedad digital nos invita a renunciar al anonimato a cambio de nuestros datos. Los likes de Facebook sirven para segmentar a los usuarios y ofrecer a los anunciantes un target definido y al alcance. Por unos pocos euros puedes patrocinar un post que tiene el aspecto de una publicación no pagada, y que aparece en tu timeline para incitarte a hacer clic. Google observa tus búsquedas en la red para enseñarte anuncios relacionados con ellas. Escanea tus correos, guarda todo lo que pasa por la pantalla de tu ordenador. Puede elaborar con gran exactitud un perfil sobre ti. Google y Facebook te ofrecen multitud de servicios, y todos son gratis. A cambio, solo se apropian de toda la información que cada día les regalamos para usarla según decidan.

Servidores como el de la imagen, propiedad de Wikipedia, almacenan cantidades ingentes de información sobre nuestras vidas digitales. Fuente: CC Helpamout.

Más allá de los objetivos comerciales, estos dos gigantes de Internet son el mejor sistema de espionaje creado jamás. A través de ellos, la CIA tiene acceso a más información de la que nunca llegó a soñar. Puede saber con quién te relacionas, dónde estás, quién es tu pareja, cuáles son tus planes inmediatos o ver las fotos de tus últimas vacaciones.

Si nuestra sociedad aún no es como la pintó George Orwell en 1984, es innegable que Internet se parece cada vez más al Gran Hermano. Millones de ciudadanos alienados a través de una inseparable pantalla con la que se acuestan y se levantan.

Show must go on.