Edificio de Lehman Brothers en Nueva York. Fuente: Wikimedia Commons (Arnoldiuas)

Lehman Brothers, la gran bancarrota

El viernes 12 de septiembre de 2008 comenzó a escribirse el final de Lehman Brothers. Ese día, los consejeros delegados de las veinte entidades financieras más importantes de Wall Street fueron citados con urgencia en la sede de la Reserva Federal de Estados Unidos en Nueva York. Allí les esperaban los dos hombres con más poder de decisión en el ámbito económico de los EEUU: el secretario del Tesoro, Henry Paulson, y el presidente de la Reserva Federal (FED), Timothy Geitner. Sobre la mesa de juntas, un nombre: Lehman Brohers, el cuarto banco de inversión del país, que se encontraba al borde de la quiebra. La burbuja inmobiliaria de las hipotecas basura, sometida a una presión creciente durante casi una década, estaba a punto de estallar en Broadway con la 50, sede de la moribunda firma.

Bernardo Carrión

Durante tres días, este sanedrín de la economía global examinó los números de Lehman Brothers para decidir si dedicaban sus recursos a salvar al enfermo o por el contrario, los reservaban para minimizar los efectos de su defunción. En un sector en el que la solidaridad cotiza a la baja, optaron por lo segundo. La decisión desencadenó una crisis global que cambió el presente y el futuro de miles de millones de personas en todo el mundo.

Para llegar a causar el crack de 2008, los bancos estadounidenses sublimaron su ingeniería financiera hasta ser capaces de vender montañas de papel a precios astronómicos —los célebres derivados, de entre los cuales los CDO y los CDS (cuya naturaleza explica en su blog Álvaro Vadillo), son los más conocidos— que estaban respaldadas por deudas incobrables. Es decir, que no valían nada. Las condiciones para crear esta bola de nieve fueron propiciadas por la política económica de bajos tipos de interés que el Gobierno estadounidense comenzó a aplicar tras el pinchazo de la burbuja tecnológica, en 2001. Los capitales buscaron nuevos nichos de inversión y los encontraron en el sector inmobiliario, espoleado por los bajísimos tipos de interés que marcaba la Reserva Federal. Se consiguió un crecimiento desmedido de la demanda de créditos hipotecarios, alentado por agencias dedicadas específicamente a vender hipotecas a personas sin capacidad real para devolverlas. Esta demanda artificial duplicó el valor del precio de la vivienda en unos pocos años y multiplicó con creces el beneficio de los bancos.

Timothy Geitner Henry Paulson

Timothy Geitner, presidente de la Reserva Federal, y Henry Paulson, secretario del Tesoro. Ambos tomaron la decisión de dejar caer a Lehman Brothers en septiembre de 2008. Fuente: Gobierno de los Estados Unidos.

Para completar la receta de la bancarrota, los bancos contaron con el papel estelar de las agencias de calificación de riesgos, —sí, Standard and Poors, Moody’s y Fitch—, que decidían —y siguen haciéndolo—, la solvencia de las entidades y de sus productos financieros. ¿Imaginan un árbitro pitando un partido a golpe de talonario? La codicia hizo perder la noción de riesgo a la elite financiera de Wall Street. Y cuando la banca ignora los riesgos, los ciudadanos están condenados a empobrecerse. Son las reglas de la economía de mercado.


Dick Fuld, el tipo con más agallas de la City

A la reunión de la Reserva Federal de aquel viernes de septiembre no estaba invitado Richard Fuld, el consejero delegado de Lehman Brothers. Fue el tipo con más agallas de la City, el que asumió más riesgos en sus balances, el que más hipotecas subprime tenía, el que acumulaba más obligaciones a corto plazo. Fuld creó un sistema de incentivos que premiaba a los directivos que buscaban operaciones de alto riesgo relacionadas con las hipotecas basura: repartía el 50% de los beneficios antes de impuestos entre todos ellos.

Richard Fuld Lehman Brothers

Richard Fuld, consejero delegado del que fuera el cuarto banco de inversiones de Estados Unidos en 2008, cuando protagonizó la mayor bancarrota de la historia del país. Fuente: Videofoxbusiness.

Entre las argucias contables de Fuld destaca la utilización del conocido como Repo 105, un truco que permitía contabilizar los préstamos como venta de activos y maquillar así la cuenta de resultados. Mediante este procedimiento, utilizado a discreción, Lehman Brothers llegó a ocultar hasta 50.000 millones de deuda en un solo trimestre, que reaparecía una semana después por la obligación de recompra de los activos que incluía el Repo 105. Estas operaciones se diseñaron mediante una ingeniería contable extremadamente compleja y permitieron a sus directivos ocultar la situación real de la entidad.

Sólo 18 países en el mundo tenían en 2008 un PIB mayor que el pasivo de Lehman Brothers: 631.000 millones de dólares.

Meses antes de la caída de Lehman Brothers, Dick Fuld —al que apodaban El Gorila— desoyó los consejos de la Reserva Federal para que aceptase ofertas de compra por parte de otras entidades que hubieran evitado el desastre. Las desechó todas por considerarlas insuficientes. Fuld no era de los que se conformaba con poco: su sueldo en 2007 había llegado hasta los 40 millones de dólares. Uno de los mejores salarios de Wall Street, pero poca cosa comparado con el pasivo que alcanzó su banco en septiembre de 2008: 631.000 millones de euros. Solo 18 países en el mundo tienen un PIB que supera esa cifra.

Los números de Lehman Brothers y de su principal ejecutivo ilustran la cantidad fabulosa de dinero que representaban los 22 hombres que se reunieron la tarde del 12 de septiembre en la sede de la FED de Nueva York para decidir qué era lo mejor para sus balances y para la continuidad de un negocio global que les equiparaba en ganancias anuales a las del tipo duro caído en desgracia.

El final de la barra libre

En marzo de 2008, la Reserva Federal había decidido rescatar al quinto banco de inversiones del país, Bear Stearns. El valor de sus acciones se había esfumado en un mes: de 160 dólares a apenas dos. JP Morgan accedía a absorber la entidad quebrada, hasta entonces una de sus competidoras directas, gracias a la línea de crédito de 30.000 millones de dólares puesta a su disposición por las autoridades.


Tan solo cinco días antes de la reunión del 12 de septiembre, otras dos agencias al borde de la quiebra —éstas de carácter estatal— también recibieron ayuda del Tesoro para sanear sus balances: 200.000 millones para Fannie Mae y Freddie Mac, que entre ambas poseían la mitad del mercado hipotecario de Estados Unidos: 5,2 billones de dólares, el equivalente al PIB de Japón, la quinta economía mundial.

Reserva Federal de los EE. UU. en Nueva York

Reserva Federal de los EE. UU. en Nueva York, lugar desde donde se diseña la política económica de ese país. Fuente: CC (Dan Smith).

Pero la barra libre había terminado. El presidente de la FED informó a los asistentes a la reunión de que el Gobierno no salvaría a Lehman Brothers. Aunque en Washington se sabía que su caída iba a afectar en buena medida a los bancos de la competencia y a muchos inversores, se decidió escenificar el escarmiento del banco que más riesgo asumió. El gabinete del presidente Bush —dos guerras y una gran crisis como legado— ya preparaba una línea de crédito de 700.000 millones para el resto de entidades financieras, que se encontraban en una situación similar a la de Lehman Brothers. El plan para tapar el agujero negro de la banca estadounidense se aprobó unas pocas semanas después. Pero la espoleta de la crisis mundial, cebada durante casi una década, ya había sido activada.